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Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos.

Rayuela, capitulo 93, Julio Cortazar
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domingo, 5 de mayo de 2013

Los niños y los libros


Fui a la feria del libro el jueves que abrió, cortesía de mi amiga Valentina Vidal y en el pequeño paseo que dí, compré libros en Edelvives para los chicos: primeras preguntas, de Alison Jay, una caja con cuatro mini libros con páginas de cartón con preguntas para los niños; y ¡Qué llega el lobo! Un libro álbum ilustrado que le da una linda vuelta al arquetipo del lobo, para nenes bien chiquitos.
Se volvieron los favoritos de los melli enseguida. La primer noche Martín se durmió abrazando uno de los libritos de Jay y Facundo te trae ¡Qué llega el lobo! para que se lo leas y al llegar a la última página canta el feliz cumpleaños y sopla...


Papá super orgulloso, ¡presente!

viernes, 26 de abril de 2013

¡La feria del libro ya empezó!

Ayer fui a la feria del libro y me la encontré más linda y acogedora. Tal vez sea porque estaba casi vacía y uno podía andar a sus anchas sin tropezar con nadie, pero me pareció que los stands están más lindos y mejor ubicados, incluyendo los usualmente aburridos stands de las provincias apenas entramos o los publicitarios luego del túnel  O tal vez sea que tenía nostalgia ya que el año pasado no había podido ir. No sé. Lo cierto es que pasé por Edelvives y me compré 5 hermosos libros para mis hijos y si hubiese tenido más dinero en mi billetera hubiese llevado algo para mi. (supongo que los convencí con eso de que son para los melli y no para mi...)
Pero entre todos los stands, todos los libros, siempre tengo mi preferido, porque salio de adentro mio y de una amiga que quiero mucho. Y ahí está en el stand de abran cancha, crecercreando, amauta y riderchails (perdón si me equivoqué o falta alguno). ¿La dirección? Stand 806 pabellón verde.

Y anoten: El domingo 12/5 a las 17 hs estaremos firmando ejemplares con Aleta Vidal y por lo que me pude enterar estaremos acompañados de la gran Patricia Suarez. Que me tiemblan las piernas.

El relato de los viernes: De hielo



            Me despierto con un leve dolor en el pecho. Envío a los exploradores en busca de comida. Mi edad y mi posición me permiten quedarme en la comodidad y calor del refugio, junto con los pocos niños y mujeres. De todas maneras salgo a ver como caen las primeras nieves del día. Nieve gris, sucia. Nieve muerta. Pero aún así me recuerda cuando la conocí, cuando me salvó la vida. Me recuerda sus ojos. Una época lejana en el tiempo pero más real que esta vida acostumbrada a luchar por sobrevivir. Esa noche estaba muerto de sueño. No sé cuantas cafiaspirinas había tomado desde la mañana pero seguro fueron más de las recomendables. No contaba con fuerzas ni ánimo para levantar la taza de té que dejó en la mesa de luz. Creo que ese fue el momento el mundo se fue a la mierda. Aunque podría haber sucedido un instante antes o algunos minutos después, no estoy tan seguro. Solo podía pensar en sus ojos. El día anterior laburé casi hasta la medianoche. La guita no me sobraba e hice horas extras para poder salir de joda con los pibes. Cobré el día en mano.  No me gustaba pedir prestado, así que me rompí el lomo por unos mangos más. Hace poco uno de los exploradores  encontró uno de cien en perfecto estado. Apenas si tenía rota una esquina y llevaba una de esas inscripciones religiosas que le solían escribir para atraer más dinero.  El pibe estaba maravillado. Y yo se lo corté en pedacitos delante de todos, no podemos permitirnos perder el tiempo con boludeces. Pero cuando se fueron junte los pedazos y me los guardé.  El asunto que empezó supuestamente como una larga joda con amigos, una noche de pool, escabio y levante, terminó rápido, al menos la parte de los amigos. Íbamos siempre al mismo bar. Las mesas eran un asco, los paños estaban rotos y las bandas duras. Pero ahí había más minitas y cuando jugabas bien, tan bien como nosotros al menos, el levante se hacía más fácil. En una buena noche no  hacía ni falta encararlas, ellas lo hacían todo. Pero esa noche fue especial. Apenas jugamos un par de partidos, la vi observándome sin pestañear.  Tenía unos ojos tan claros, que podrían ser de hielo. Me acerqué, hablamos dos o tres palabras y nos fuimos para su departamento, que quedaba a  tres cuadras. Y esa, era una manera generosa de llamarlo porque la realidad es que era un sótano, oscuro, con dos pequeños tragaluces como ventanas y ventilación. Supongo que eso fue lo que me salvo ese día, estar ahí abajo.  Ella se movía en la oscuridad con una seguridad pasmosa, mientras que yo me llevaba por delante cada uno de sus muebles. Tomó el control de entrada y eso me descolocó. No estaba acostumbrado aquello y menos a lo que sucedió después. ¿Alguna vez tuvieron un orgasmo sin acabar? hasta esa noche siempre pensé que era un mito. Esa mujer sabía usar los músculos internos como ninguna Jamás volví a tener sexo como esa noche. Inolvidable, esos ojos tan cristalinos, estoy seguro que nunca se vio algo así, no después de esa mañana. Veo volver a los exploradores, traen algo grande, me pone feliz por los niños, pero yo no voy a lograr recibirlos, ni probar bocado. No siento el frio, y mis piernas ya no me sostienen. El cielo es tan gris y feo como la nieve, excepto ese  último copo que cae sobre mis ojos, cristalino, de hielo.

martes, 23 de abril de 2013

El relato de los viernes: Ida y vuelta

Aunque el mortero había explotado bastante lejos de él una esquirla perdida le había atravesado el tobillo, rompiéndole los tendones. Estuvo los últimos meses hospitalizado, mucho más de lo necesario para darle el alta por su pie y ni hablar del corte profundo que se hizo en la frente al caer. Pero su caso había quedado perdido entre los papeles y la burocracia y el tiempo pasó lento. Ahora se encontraba sentado en un tren camino a su pequeño pueblo natal rascándose la cicatriz de la frente que no dejaba de latirle. Se encontraría con los brazos y lágrimas de su madre y  la mirada, por fin orgullosa de su padre.
            John Smith no era lo que uno diría precisamente un lindo pibe, más bien todo lo contrario. Sus orejas eran demasiado grandes y su nariz demasiado pequeña, sus ojos estaban un algo juntos y si uno prestaba atención, se daba cuenta que no miraban para el mismo lado, lo cual ayudaba a poner incómodos a los demás  cuando lo observaban. La cicatriz en la frente no ayudaba a embellecerlo, encima cada vez que se ponía nervioso se pasaba el dedo por allí para tranquilizarse, darse suerte, decía. Todo eso se vio modificado al llevar con honra el uniforme de veterano de guerra con su medalla al valor, de la cual estaba más  orgulloso el padre que el hijo. Las mujeres le prestaban más atención, le ofrecían tragos y algunas otros favores, que él nunca se atrevió a declinar. Por respeto, por supuesto. Lo cierto es que también tenía ayuda de los demás jóvenes del pueblo. Casi no había ninguno. La mayoría estaban en el frente de batalla y a veces la soledad es madre de la necesidad.
            Podemos afirmar que la vida de John Smith no tenía nada para destacar excepto sus orejas. Hasta que una tarde conoció a una muchacha recién llagada al pueblo. Ella, con su simpleza, su cara pecosa y  su cintura rellenita, lo enamoró de inmediato. Era un amor real que superaba cualquier posibilidad de lujuria con chicas más bellas y sensuales. Al poco tiempo se casaron compraron una casa en las afueras y él abrió su propio taller mecánico para grandes vehículos del campo. Les iba muy bien, había comenzado sus estudios de ingeniería antes de la guerra y a eso se dedico mientras estuvo en el frente. La búsqueda del preciado primogénito tampoco represento problema para los Smith, al mes de empezar a buscarlo, ella quedo embarazada y a los nueve meses pasaron dos cosas extraordinarias: Nació Samuel y el mismo día al fin acabó la guerra.
            Esa  noche, ya en su casa, John Smith se miró al espejo al salir de la ducha. Buscaba confirmar cuanto había crecido, ver en él que ya era un padre, un marido, un hombre. Pero lo que encontró le hizo temblar las piernas. Se sintió de nuevo ese joven llorón que seis años atrás había partido hacia otro continente para pelear en una guerra que no entendía. En su frente tenía un corte que el tiempo ya había cicatrizado. Sangraba, si es que eso podía llamarse sangre. Tenía aspecto de gelatina diluida. Le latía la cabeza, como si le hubiesen atravesado la frente con un punzón.   John se pasó la mano por la cicatriz, por su amuleto de la suerte y no encontró nada, su  mano estaba seca, sin rastro alguno de la sangre que veía en su propio reflejo. Estas muy cansado, fue un largo día lleno de emociones se dijo a sí mismo y se fue a dormir. No sin antes detenerse frente al catre y dedicarle varios minutos a deleitarse la vista con el pequeño Samuel. Aún así se durmió con la sensación de que algo era diferente.

            Al otro día lo esperaban más sorpresas. En su taller se encontraba un hombre de gran tamaño y facciones cuadradas. Era el arquetipo del soldado y también su mejor amigo y  comandante, al que había dado por muerto el mismo día que había explotado el mortero que lo mandó a casa. También lo había hecho el enemigo, le contaría más tarde una vez sentados en un banco del taller y compartiendo una petaca.  Le contó que cuando tomaron la trinchera  lo creyeron muerto y lo dejaron entre otros cuerpos. Él  aprovechó la confusión y se fugo tras líneas enemigas. Logró conseguir ropas de civil y refugiarse en un pueblito olvidado hasta por la misma guerra. Su excelente alemán lo ayudó, pero no lograba engañar a nadie, todos sabían de donde provenía. Pero no les importó. Aceptaron su presencia y muy pronto se dieron cuenta que sería de gran ayuda en muchas tareas y sobre todo, en la protección del pueblo. Se encontró tan a gusto allí que se casó con la hija del panadero y cuando la guerra se puso a favor de los aliados se encontró de nuevo del otro lado de las líneas enemigas, sin esperar se puso en contacto con el ejercito y dio parte de vida. A los pocos días la guerra terminó el ya  había llegado la noche anterior  a encontrarse con su mejor amigo y compadre. Se permitieron un momento de sensibilidad de esos que solo se permiten los hombres  cuando nadie los ve. Se abrazaron y lloraron por largo rato. Cuando las lagrimas se secaron, cada uno partió a atender sus obligaciones, uno a su mujer extranjera que a pesar de sus intentos no hablaba una pisca de nada que no fuese alemán y el otro a su hijo recién nacido. Pero antes de irse el comandante le señaló a John la frente. Esa es una herida muy fea, deberías hacértela revisar, le dijo su amigo y John se tocó donde lo señaló y su mano se manchó con una sustancia gelatinosa que no era sangre. Luego vio como su mejor amigo se alejaba hacia al pueblo sin volver la mirada hacia atrás. John sintió que algo se iba con él.
Corrió hacia su casa, subió de a dos en dos los escalones hasta su habitación, y encontró a su mujer dándole de comer a su hijo. Respiró aliviado, pero solo por un instante. Luego se acercó lentamente hasta abrazarla. Quiso besarla pero no pudo, algo extraño pasaba, no era la misma mujer que esta mañana. Sí, estaban sus pecas y su figura redondeada, pero algo había cambiado, ya no podía besarla. Su hijo también parecía diferente. ¿Siempre había sido tan feo? Lo extrañaba que algo tan pequeño y débil pudiera estar vivo. Su mujer lo  abstrajo de sus pensamientos y le dijo que vaya al baño a curarse el feo corte que tenía en la frente. Corrió al baño y allí estaba la herida, más oscura, más viscosa, más gelatinosa. No se tocó, no hacía falta. Estaba seguro que eso no era sangre. Miró de nuevo a su esposa y al pequeño Samuel. Estaba seguro. Era algo vivo…


martes, 16 de abril de 2013

Lecturas: Ana y las Olas de Mario Mendez

Entre las cosas que estuve leyendo estas semanas se incluye la colección que está sacando Tinta Fresca sobre Literatura Infantil y Juvenil en puestos de diarios y revistas. Entre los títulos que salieron está Ana y las Olas de Mario Mendez, aprovechando que lo tengo de profesor este cuatrimestre en la UBA decidí que era momento de leer algo de él. Tengo que admitir que no es un titulo que hubiese comprado por mi cuenta, mucho menos me hubiese tomado el tiempo de leerlo. En general mis peripecias como lector van a hacia otros géneros. Ese fue el error número uno. Es que a primera vista es una historia de amor, pero si me hubiese tomado el tiempo de leer la promoción me habría dado cuenta que es una novela histórica no sin poca acción entre sus páginas. Cuenta la historia de amor entre dos Anas y dos Lucios. Una histórica y tres ficticios. Una hace muchos, muchos años y otra hace tan poco que podría ser hoy mismo.
Y una lectura superficial solo te daría eso: amor y acción. Pero hay algo más, al terminar de leerlo es evidente que Mendez habla de otra cosa que no necesariamente entra en ninguno de esos géneros. Ana y las olas es una novela sobre aceptar que la vida no se queda quieta, que como las olas es un vaivén de hechos y sucesos y algunos te golpean como una ola gigante tirándote contra la escollera y otros te mesen suavemente mientras flotas mirando el cielo. Es una novela que te dice que hay que superar esos resquemores que tenemos ante los cambios, esos celos ante esa otra persona que invade tu vida, que sale aparentemente de la nada. Porque esa persona podría ser, casi con seguridad, un inmenso motivo de felicidad en tu vida.

Me olvidaba de un aspecto muy importante del libro, lo que primero ayudó a que le diese una oportunidad: Los dibujos de Leicia Gotlibowski (espero haberlo escrito bien). Ya la ilustració de cubierta me encantó y el trabajo interior, aunque blanco y negro no pierde en fuerza ni expresividad. Mi ilustración preferida: Los perros acercandose a Lucinho.

viernes, 12 de abril de 2013

El relato de los viernes: El niño que miraba hacia arriba


EL NIÑO QUE MIRABA HACIA ARRIBA


Recuerdo que estando en la primaría me tiraba, cuando no me tocaba jugar, junto a la cancha de handball donde nos divertíamos con mis compañeros. Me tiraba mirando para arriba largo rato, sin moverme, solo mirando. Los demás chicos, y algunos maestros, me preguntaban qué estaba haciendo.

-Nada- les contestaba.
            Por supuesto, era mentira. A veces contestaba otra cosa.
-Observo la naturaleza- o alguna cosa así de disparatada, para sonar adulto e importante. Sacando lo agrandado, la respuesta era bastante cierta, la naturaleza me fascinaba, me encantaba.
Pero no era toda la verdad.
Algo más estaba haciendo.
            Un poco más grande, cualquiera podía pescarme mirando hacia arriba dentro de una casa, un local o en el colegio. Y de nuevo me preguntaban ¿Qué estás haciendo?

-Nada –volvía a ser mi respuesta.
            Y era mentira.
            A veces contestaba que intentaba darme cuanta como estaban hechas las cosas, por donde pasaban las vigas o algo así. Lo cual era cierto.
            Pero no era toda la verdad.

            Ya de adolescente me sorprendían en “babia” mirando la luna y las estrellas.
La respuesta volvía a ser mentira, o solo verdad en parte.

¿Cuál es la verdad?
            La verdad es que mirando hacia arriba siempre encontré lo que buscaba, así sea en el techo, en el cielo o en las ramas de los árboles.
            Siempre arriba.
            Alto
            Muy alto.
           
            Pero un día, esperando en una sala celeste como el cielo que tanto me fascinaba, deje de ser un niño, un adolescente y pasé, quiero creer, a ser un adulto. Espere un rato
Un largo rato. Y al final la puerta se abrió y para mi sorpresa me encontré mirando, por primera vez, hacia abajo y descubrí que aquella verdad no estaba sólo allá arriba, sino que también podía estar bien cerca de mí, en mis brazos.
            Y cuando miro hacia abajo, cuando los miro en babia y me preguntan qué es lo que hago, les contesto con la verdad.

-Sueño.

lunes, 8 de abril de 2013

Lecturas: Kryptonita - Leonardo Oyola

Aunque soy un lector tardío de historietas, empecé a los 18 años a consumirlas, me volví rápidamente fanático, sin importar si eran de origen nacional, de cruzando el charco, europeas, japonesas o norteamericanas. "Mainstream" o "Indy". Me da igual, si llega a mis brazos lo leo. Eso no quiere decir que me guste todo, pero en mi exigencia soy bastante abierto. Eso es especialmente cierto con los súper héroes. Si uno le pega un vistazo a mi biblioteca va a encontrar muy pocos ejemplares de TPB (no compro "revistas", al menos no americanas) de comic Mainstrieam. Pero, como también los escribo, nunca pude escapar del todo a la idea de hacer una versión de la liga de la justicia o de los X-men argenta. Creo que todos los que estamos en este "medio" alguna vez nos hicimos la pregunta, algunos hasta hicieron historietas. Creo que ninguno dio en el clavo hasta ahora, bah hasta al 2011, yo lo leo recien ahora.
 Leonardo Oyola lo hace de manera perfecta y en prosa, sin dibujitos de ningún tipo, en una mezcla entre western y policial. Funciona de maravillas, no solo por su escritura directa, gestual y amiga, si no por como construye los personajes de "los super amigos" (con la ausencia de aquaman, pobre), creíbles y queribles a pesar de ser una banda de delincuentes: la banda de nafta super, el líder que ingresa un hospital con un pedazo de botella verde de Heineken clavado en la espalda y a punto de morir, es salvado por un doctor anónimo que descubre que en este hombre no hay nada de normal. Ambos son "custodiados" por los otros miembros de la banda: El faisan, Rafaga, Lady Di, El Federico, Juan Raro, y Cuñatai Güira

El libro en apariencia es puro entretenimiento, pero sin mucho esfuerzo se pueden hacer lecturas muy agudas de Oyola sobre lo social e incluso lo político  todo enmarcado en este What If: Y si todo pasara en la matanza? ¿Qué haría Kal-el de haber sido criado en una caseta de una villa miseria? ¿Cómo sería su relación con la gente, con su familia, con sus poderes? Oyola desarma el mito y lo vuelve a armar, argentino, villero y buscando su lugar el mundo mientras espera repostado en una esquina, tomándose una birra y pensando algún golpe con su banda.

sábado, 5 de enero de 2013

Siete y el Tigre Harapiento.

Siete y el Tigre Harapiento.
de Leonardo Oyola.

Creo que mi única incursión al policial argentino hasta este libro era la genial El enigma de parís de Pablo de Santis. Luego de alguna recomendación y de toparme con el libro en un par de librerías le di una oportunidad a esta novela de Oyola, la cual ganó varios premios al mejor policial o novela negra. Tengo que admitirlo, la primera página me llevo como mínimo dos oportunidades para poder arrancar, de ahí en más fue un viaje de ida a las aventuras del Inspector Vals, la orquesta del gato cabezón, el sargento Ferrara y por supuesto, el Tigre Harapiento.

     Oyola lo lleva a uno de las narices durante toda la historia, no hay momentos para respirar a través de diálogos que van desde lo solido a lo meramente brillantes se construye un policial lleno de acción, misterio y mucho humor negro.
      Siempre que leo policiales de manera conciente o inconciente intento adivinar "quien es el asesino". Fallé miserablemente y me deje llevar por las falsas pistas que el autor deja por todo el libro. Lo bueno es que mis conclusiones eran las mismas que las de los policías. Ahora bien, no me doy cuenta si Oyola hizo trampa o no, si están las pistas en el libro para deducir quien es el asesino antes que el Heroe de la historia lo diga en voz alta para nosotros. Creo que no, contrario a lo que me pasa con las historias de Sherlock Holmes, me importa un bledo. El libro va por otro lado y no tanto por el misterio a resolver, va por los personajes, por sus personalidades y por la historia que se teje entre ellos.

        Al principio mencione El enigma de París y de esa mención a esta me di cuenta (y no antes) la cantidad de puntos en común que tienen las dos obras, no solo en tematica y ambientación de epoca, si no en el desarrollo de la historia y en muchos de sus puntos y vueltas más importantes; pero sobre todo en la calidad de la obra. Y aún así, con tanto en común, Sieta y el Tigre Harapiento, se alza como una obra única en derecho propio y  mejor si la lees...

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un cuento: Santiago.


SANTIAGO
Un cuento Dolinesco por Hernán L. Carreras 9/9/2011

Como acostumbraba hacer todos los domingos, Santiago paseaba por las calles de Flores. El que lo hiciese un martes se debía más a una búsqueda desesperada de un lugar barato para comer que a un cambio de hábito sorpresivo y fuera de carácter. Que ese día fuese feriado no facilitaba su odisea. Las parrillitas que se encuentran junto a las vías estaban cerradas, los bares frente a la plaza habían sido abandonados por sus dueños mientras disfrutaban de una tarde en familia. Pero el destino no estaban del lado de Santiago, porque aunque abandonados, los propietarios habían tenido la indecencia de bajar las persianas y cerrar con llave sus locales.
Casi sin esperanzas se dirigió a la estación. Probaría suerte en Once o Caballito. No compró boleto, la estación estaba desierta de punta a punta. Solo se encontraba él, él y la mujer que a su lado hacía tortillas paraguayas sobre una improvisada parrilla. ¿Cómo no la había visto antes? ¿Cómo no había olido tan exquisito aroma? La mujer le dedicó una de esas sonrisas que encandilan a los hombres desprevenidos. Desprevenidos de su ausencia casi total de dientes.

  • ¿Cuánto cada una? – pregunto. Solo había dos tortillas sobre las brasas.
  • Nada.
  • ¿Nada? –Se le iluminaron los ojos.

Santiago era uno de esos hombres poco sensibles que no prestaban atención a las sabias palabras que las Viejas de Gavilán le inculcaban a la gente a los gritos: En Flores ningún regalo es gratis, se paga con el alma.


Intentó tomar ambas tortillas al mismo tiempo; se lo impidió el calor de las brasas.  En ese momento Santiago tuvo la visión, uno a uno, de los nueve círculos del infierno. Pero si no escuchaba los gritos de las viejas de Gavilán, menos lo hacía con su instinto de supervivencia, que apenas susurraba.

  • Sólo una – le explicó la señora –. Una te traerá la fortuna, la otra la desdicha; una te traerá el amor, la otra el odio; una te … -  pero no pudo seguir, Santiago ya comía, desesperado, la de la derecha.

Honrando la verdad diremos que a Santiago no le importó que la tortilla estuviese francamente espantosa. El hambre se devora todo cuando lo impulsa la desesperación.

La señora desapareció engullida por las sombras, hecho que hubiese advertido de muchas cosas a Santiago si un momento después no la hubiese visto bajar por Artigas, maniobrando para que no se le trabara la parrilla portátil en la vereda rota.

Si la profecía de las tortillas era cierta o no, no lo sabremos nunca. No quedan registros sobre ellas. Pero sí sabemos sobre cómo siguió la vida de Santiago. A la mañana siguiente, encontró cuatrocientos pesos a pocos pasos de la puerta de su casa, y sin dudarlo, más bien casi poseído, se dirigió al bingo ubicado en la Av. San Pedrito. Perdió los primeros trescientos cincuenta pesos que jugó. Cuando ya se preguntaba por qué había ido a jugar,en vez de comprar comida para todo el mes, tuvo un golpe de suerte (habilidad dicen algunos) y se retiró con dos mil pesos en los bolsillos. Al otro día, siguiendo más o menos los mismos pasos del día anterior, volvió a su casa con diez mil. Al próximo lo haría con cincuenta mil y así por lo siguientes tres días. Hasta que no lo dejaron a entrar en ese casino, ni en ningún otro.
Lo denunciaron. Lo acusaron de hacer fraude, de contar cartas, de tener buchones y de innumerables métodos alternativos para ganar lo imposible.

  • Los sucesos de estos últimos días – dijo frente a las cámaras de televisión -, estas acusaciones, no solo insultan mi persona, también mi inteligencia. Yo jamás sería capaz de realizar dichas maniobras – sentenció –. ¡No me da la cabeza!

Cierto o no, Santiago fue absuelto de todo cargo.
En pocos meses se había convertido en uno de los individuos más ricos de la Argentina. Se codeaba con la alta sociedad. Ésta se la devolvía con cachetadas, insultos y a veces trompadas.

Por supuesto, no faltaron oportunistas que intentaron aprovecharse del ingenuo Santiago. Los personajes más infames se le acercaban recomendándole inversiones inauditas, en las que participaban como supuestos intermediarios y a veces como claros beneficiados. De alguna manera u otra, contra todo pronóstico, Santiago siempre conseguía enormes ganancias.

Conocido es el refrán “afortunado en el juego, desafortunado en el amor”. Otro axioma que no se aplicaba a Santiago. Todos los días, se presentaban ante su puerta decenas de pretendientes. Cada semana se pavoneaba con una mujer diferente. Hasta que se casó con su mayor conquista, la vedette y renombrada poeta Ana Lazos.
Ana escribió su más famoso poema tras la luna de miel. Su contenido no apto para todo público nos impide reproducirlo, pero en él habla de esa primera noche de pasión con Santiago, de cómo sus cuerpos se fusionaron en uno, con versos que estremecen a los lectores. El último verso, acaso el más celebrado, deja en claro la posición de la vedette. No volvería a estar con otro hombre, menos aún si ese hombre era Santiago.

Son recordadas también las fiestas de beneficencia que organizaba Santiago. Duraban varios días y algunas noches. Todas las ganancias eran donadas a diferentes organismos de ayuda a los necesitados. Que el dinero nunca les llegase, nunca fue culpa de Santiago.

Se cuenta que en una de esas fiestas, apenas un año y medio después de haberla visto por primera vez, se le acercó la dama desdentada. Ella le preguntó algo y él respondió dejándose caer desde el piso veinte.
No hay fuentes directas que confirmen lo sucedido; todo parece haber sido presenciado por el amigo de un amigo. Nunca se encontró el cuerpo.
Se cuenta también que por las calles de Flores pasea un hombre que apenas llega a comprar la comida para cada día. Un hombre acompañado por su mujer y sus dos hijos.
Las Viejas de Gavilán gritan que se trata de Santiago y que por fin es feliz.
O tal vez no. Nadie las escucha.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Leyendo en el colectivo. No somos irrompibles


No somos irrompibles.
Elsa Bornemann.
Alfaguara

Usualmente cuando uno va a las librerías se encuentra con todo “sectorizado”, novelas por un lado,cuentos por otros, nacional, latinoamericano, otros, psicología, auto ayuda, infantil-juvenil. Este orden que imponen las librerías suele ayudarnos a encontrar las cosas más fácilmente  a no perdernos entre tanto titulo y variedad. Pero también sirve para que nos perdamos joyas. Mucha gente “adulta” (no creo que las comillas lleguen a dar una idea de cuanto aborrezco esta calificación) ni siquiera mira los libros del sector LIJ. Ah, terrible, terrible, lo que se están perdiendo. Grandes joyas de la literatura habitan en esos pagos colorinches de las librerías. Joyas como “No somos irrompibles” de Elsa Bornemann. El libro reza que es para chicos desde 10 años. DESDE es la palabra clave, es un libro que puede leer cualquier persona de cualquier edad y maravillarse con él.
La autora nos regala quince cuentos de niños enamorados. O algo así, algunos son solo una excusa para contarnos otras cosas. Todos sin excepción son sublimes, algunos llegan un poco más allá. ¿Cuantas veces quisimos explicar qué es el amor? ¿Cuanta veces quisimos definirlo? Cuantas veces la respuesta fue: no se puede, el amor es el amor. ¡Pamplinas! Bornermann explica, define, dibuja, ilustra, toca los acordes del amor en el cuento Con el sol entre los ojos. Cuando mis hijos me empiecen a preguntar por el amor, les voy a dar ese cuento. Lo bueno del libro es que evita el cliche de “es para niños, tiene que ser todo lindo y feliz” Hay cuentos como Mil grullas o Nomeolvides que son tan tristes que lo dejan a uno con lagrimas en los ojos. Hay leyendas (no se si adaptada o nueva) como Picaflor que mezclan un final feliz con la tragedia. Otros casi que no hablan sobre el amor, Ventanas que es una mirada sobre el crecer y aprender a vivir (que no tiene nada que ver con ser “adulto”). Los dialogos de los niños tal vez quedó un poco añejada, pero no envejece el libro, lo vuelve un documento de otra decada.
No somos irrompibles debería estar en ese lugar inexistente de las librerías “Grandes e imperdibles obras de la literatura universal” porque no es menos que eso